
En mi trabajo ayudamos a distintos profesionales y ejecutivos a mejorar su capacidad de impactar positivamente, influir y liderar. Por eso, el tema de la calidez es central en nuestros esfuerzos.
La calidez, según los expertos como Amy Cuddy —profesora e investigadora en universidades como Harvard y Princeton—, es el poder “secreto” que facilita y acelera el proceso de que los demás confíen en nosotros. Cuando logramos esa confianza, nuestra capacidad de influencia crece de manera exponencial.
Pero en el mundo laboral vemos comúnmente que muchas personas tratan de impactar o impresionar a los demás primero a través de su capacidad, competitividad o talento, antes que mediante su calidez. Asumen que la calidez o cercanía llegará después, de forma natural, cuando la relación ya se haya establecido. Pero las investigaciones señalan lo contrario: para que una exitosa relación profesional o personal tenga mejores posibilidades de prosperar —para que otros quieran escuchar lo que tenemos que decir y estén dispuestos a considerar nuevas ideas— la calidez debe estar presente desde el inicio.
La calidez es fundamental ya que favorece profundamente la confianza, la que es esencial para que toda relación humana funcione y prospere. Sin ella, las ideas no viajan; se quedan colgadas, sin audiencia ni futuro.

En el trabajo, aceptar la importancia de la calidez es un reto grande para muchos. Numerosos profesionales desean mostrar primero lo preparados y competentes que son, en su afán de impresionar o probar que son muy competitivos y relevantes. Y así, sin quererlo, muchas veces terminan mostrándose como personas frías, distantes o incluso arrogantes.
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Otro punto interesante que muestran las investigaciones de Cuddy es que, si nos mostramos muy competitivos, pero no cálidos, lo que terminamos produciendo en los demás, aparte de desconfianza, es envidia. Y si las cosas se dan así, los demás no solo dejan de escucharnos, sino que la relación pierde grandes posibilidades de prosperar.
El desafío consiste en mostrar siempre nuestro lado más humano —lo cual no significa tener las emociones a flor de piel ni actuar con emotividad poco profesional—. Es mostrar calidez, empatía, interés genuino y apertura desde la primera interacción. Implica cuidar el lenguaje corporal: gestos amistosos, una sonrisa franca y sincera, entre otras señales que indiquen claramente que las personas que tenemos al frente nos “caen bien”, que las aceptamos y que estamos dispuestos a confiar.

Cuando iniciamos una relación —o incluso un simple saludo— desde esa disposición, facilitamos que el otro confíe en nosotros. Y con la confianza llega la apertura para aceptar nuestras ideas y propuestas. Suena demasiado fácil para ser real, pero pocas personas –salvo aquellas naturalmente cálidas o carismáticas- ofrecen una sonrisa auténtica de entrada, siempre esperando que sea el otro quien genere primero el gesto de apertura y/o bienvenida.
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El reto también implica mostrar calidez aunque la otra persona no lo haga inicialmente. Eso requiere de madurez, seguridad personal y cierto coraje o valor para enfrentar nuestro temor natural al rechazo. ¿Cómo se logra? Con intención real y mucha práctica en cada interacción, con personas de todo nivel (no vale ser selectivo).
Los beneficios para todos son enormes, especialmente para nuestra calidad de vida, nuestra imagen y reputación y, sobre todo, nuestra capacidad de influir y liderar. Vale la pena recordar siempre que las personas nos quieren por cómo las hacemos sentir. Ese es el verdadero poder de la calidez, tanto en el trabajo como en la vida personal.
Y en interacciones cálidas, ¡todos ganan!

Presidenta LHH DBM Perú & LHH Chile y autora de Usted S. A. (21 ediciones). Ha figurado en el top 15 Merco durante 8 años consecutivos. También es LinkedIn Top Voice, speaker, directora de empresas y ONG, y presidente de The SafeStorage Co.









