
El vino de la semana.- Dejar propina es un acto de justicia poética. En un mundo que corre tras algoritmos, el servicio de salón es de los pocos bastiones de humanidad que quedan. Es un reconocimiento de que el bienestar del otro nos importa.
La palabra “propina” tiene el aroma de las tabernas antiguas. Proviene del latín propinare, que no significa otra cosa que “echarse a la boca”, un brindis, un convite. En su esencia, es una invitación a que el servidor bebiera a la salud del servido. Era un lazo de camaradería antes de que la burocracia del comercio enfriara los corazones.
En el siglo XVII, en las casas de té londinenses, apareció aquel famoso acrónimo: T.I.P.(To Insure Promptitude). Imaginen a un caballero de peluca empolvada dejando una moneda de cobre para que su Earl Grey no llegara tibio.
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El mozo, el director de orquesta

Servir es un arte de invisibilidad y presencia absoluta. El mozo es un psicólogo sin diván, un equilibrista que lleva sobre sus hombros las expectativas de una primera cita, la tensión de un negocio o el silencio de una reconciliación.
Cuando el sommelier descorcha un vino, no solo libera oxígeno: libera una historia. Si ese servicio fue impecable, si el cristal brilló y el consejo fue honesto, la propina se convierte en el aplauso al final de la función. No dejarla es como ir a la ópera y retirarse antes de que el tenor termine su aria sin siquiera chocar las palmas. Es -digámoslo- un pecado de etiqueta.
El maridaje: ¿cuándo y dónde?
En nuestro amado Perú, donde el cebiche es religión y el pisco nuestro bautismo, la norma dicta ese 10% que suele aparecer sugerido. Pero el experto sabe que la elegancia no tiene techo.
- El 10% es el estándar de respeto: es el reconocimiento de que la maquinaria funcionó.
- El 15% o el 20% es el romance: se deja cuando el mozo anticipó que necesitabas otra servilleta antes de que tú mismo lo supieras.
¿Cuándo es vital? Siempre que el servicio haya sido un acompañamiento y no un obstáculo. Se deja cuando hay esfuerzo, cuando hay una sonrisa genuina tras ocho horas de pie, y especialmente cuando el comensal ha sido “complicado” (todos tenemos ese amigo que pide el lomo saltado sin cebolla).
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El retrogusto: una cuestión de honor
Dejar propina es un acto de justicia poética. En un mundo que corre tras algoritmos, el servicio de salón es de los pocos bastiones de humanidad que quedan. Es un reconocimiento de que el bienestar del otro nos importa.
Querido lector, la próxima vez que la cuenta llegue a su mesa, no la mire como un gasto, sino como la oportunidad de cerrar un círculo de generosidad. Deje que su moneda o su billete hablen por usted, diciendo “vi tu esfuerzo, aprecié tu cadencia y este brindis, aunque yo me lo haya bebido, es también para ti”.
La psicología del servicio: el mentalista de la mesa
Si el restaurante es un teatro, el mozo es el único actor que debe reescribir su guion en tiempo real, adaptándose a una audiencia que cambia cada noventa minutos. Entrar en un salón es, para el profesional, un ejercicio de lectura de aura y microgestos. Antes de que el comensal pronuncie la primera palabra, el servidor ya ha descifrado el código de la mesa.
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El radar de las emociones
Existe una coreografía invisible en el servicio. El buen mozo detecta la tensión en los hombros de una pareja en plena discusión silenciosa; sabe que ahí debe ser como un fantasma: eficiente, veloz, casi etéreo, dejando el vino y desapareciendo para no interrumpir el duelo. Por el contrario, ante una mesa de amigos celebrando un reencuentro, el mozo se permite una síncopa, un comentario sagaz que eleve la nota de la alegría.
La psicología del servicio es el arte de la anticipación. No es esperar a que pidan agua; es observar el movimiento de la garganta del comensal y notar que el picante del rocoto ha hecho efecto. Es ese “instinto del depredador de la sed” que hace que la jarra aparezca justo un segundo antes de que el cliente levante la mano. Cuando esto sucede, la propina deja de ser un porcentaje contable para convertirse en un tributo a la telepatía.
Los arquetipos de la mesa
- El “anfitrión ansioso”: aquel que necesita que todo sea perfecto para impresionar a sus invitados. El mozo aquí no sirve comida, sirve seguridad. Un guiño cómplice al anfitrión al presentar la etiqueta del vino es el sedante más efectivo.
- El “turista gastronómico”: que llega al Perú como quien entra a un templo. Aquí el mozo es un catequista; debe explicar el origen del ají mochero con la mística de un historiador y la pasión de un poeta.
- El “comensal invisible”: Aquel que solo quiere soledad. Para él, el mejor servicio es el que no se siente. Un exceso de atención es, para este perfil, una invasión a su soberanía.
El efecto espejo y la validación
La ciencia dice que tendemos a confiar en quienes se parecen a nosotros. El mozo experto practica el “mirroring” de forma sutil: si el cliente habla pausado y con tono bajo, el mozo baja el tempo. Si el cliente es enérgico y ruidoso, el servicio cobra un ritmo más vibrante. Es una seducción lícita, un baile donde el mozo siempre permite que el cliente crea que él lleva el paso, cuando en realidad es el servidor quien guía la experiencia hacia el clímax del postre.
La propina como catarsis
Psicológicamente, dejar una propina generosa produce más placer en quien la da que en quien la recibe. Es el cierre de una narrativa de gratitud. Cuando un comensal deja un billete sobre la cuenta, es el reconocimiento de que, en un mundo mecanizado, el servicio humano sigue siendo el lujo supremo.
Gracias, un placer.
Carpe vinum “Aprovecha el vino”










