
“Aquí, todas las horas son hora pico”, dice Abelino, un taxista. A las 11:30 p. m. de un sábado, avanza lentamente por la carretera de circunvalación de la ciudad de Guatemala, conocida por los locales como “Guate”. Un descenso de 30 kilómetros desde las tierras altas puede llevar cuatro horas. Google Maps pinta todas las carreteras que conducen a la ciudad con un tono rojo oscuro que indica la peor congestión.
El número de vehículos en Guatemala ha aumentado de 3.2 millones a 6.2 millones en los últimos diez años. Muchos se encuentran en la capital, donde se ha hecho poco por mejorar la infraestructura.
Es revelador que al superintendente de la policía municipal de tránsito de Guate lo sigan 800,000 personas —un tercio de los adultos de la ciudad— en las redes sociales, todas ellas deseosas de obtener cualquier ventaja para evitar los atascos. Muchos vehículos son viejos, como los “chicken buses”, que consumen mucha gasolina y son autobuses escolares estadounidenses reconvertidos.
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Las emisiones por pasajero de Guatemala son las peores de Centroamérica y las terceras peores del mundo. La congestión le está costando muy caro a Guatemala. Un estudio reciente del Observatorio de Ciudades, una iniciativa de la Universidad del Istmo de Panamá, sugiere que los guatemaltecos pierden 1,300 quetzales (US$ 170) al mes debido a la congestión, más de una quinta parte del salario medio, a causa de la pérdida de productividad.
La misma organización calcula que esto le cuesta al país unos US$ 4,000 millones al año. Oliver, que trabaja en una plantación de café a orillas del lago Atitlán, a 170 kilómetros de distancia, afirma que el tráfico es una de las razones por las que los guatemaltecos de las zonas rurales están aislados de servicios como los hospitales. El hecho de que solo el 40% de las carreteras rurales del país estén pavimentadas empeora la situación.
La importancia de descongestionar los atascos se está filtrando en la agenda del gobierno. En septiembre se publicó un “plan de movilidad” para la región de la capital, en el que se proponían nuevas autopistas y un sistema integrado de transporte público, al tiempo que se fomentaba el uso de la bicicleta y el teletrabajo.
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En enero, el gobierno firmó un acuerdo con Estados Unidos en el que se comprometía a invertir US$ 110 millones en la construcción de carreteras, lo que supone un aumento del 5% del presupuesto total de infraestructuras. El acuerdo incluye el asesoramiento técnico del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos.
Sin embargo, la construcción de carreteras en Guatemala tiene una larga historia de corrupción. Los proyectos corren el riesgo de verse entorpecidos por la corrupción que el presidente Bernardo Arévalo se ha comprometido a erradicar.
Un proyecto de larga data para construir una nueva carretera de circunvalación alrededor de la capital lleva años estancado. Quizás el respaldo estadounidense pueda ayudar. Hasta entonces, los conductores de Guatemala seguirán atrapados en los atascos.









