
Escribe: David Tuesta, presidente del Consejo Privado de Competitividad
La economía peruana atraviesa un momento que, en apariencia, justifica el optimismo. El PBI cerró el 2025 con un crecimiento cercano a 3.4%, impulsado principalmente por la demanda interna, y todo indica que este dinamismo se extendería en el 2026. Los indicadores adelantados de comienzos de año muestran un buen desempeño y las expectativas empresariales para los próximos 12 meses continúan mejorando. Todo ello ocurre, además, en medio de un entorno político volátil y a pocos meses de las elecciones generales, un contexto que históricamente ha tendido a deteriorar la confianza.
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Sin embargo, conviene no engañarse. El verdadero motor del ciclo actual no está dentro del país. El principal soporte ha sido el sector externo. Los términos de intercambio se encuentran alrededor de 70% por encima de su nivel base del 2007, uno de los registros más altos de las últimas décadas. Este resultado responde al fuerte aumento en los precios de exportación –en particular cobre y oro– en un contexto de elevada demanda global asociada a la transición energética, la inversión en infraestructura tecnológica y la búsqueda de activos refugio. Como consecuencia, el superávit comercial, la estabilidad cambiaria, una parte relevante de la recaudación fiscal y, en última instancia, el ritmo de crecimiento depende de este nivel excepcional de los términos de intercambio. Y es precisamente ahí donde aparece el principal foco de vulnerabilidad.

El contexto global que hoy sostiene los precios de los activos y de los commodities empieza a mostrar señales de fragilidad. La última encuesta del Chief Economists’ Outlook del Foro Económico Mundial señala que el 53% de los economistas espera un deterioro de las condiciones económicas globales en el próximo año, frente a solo un 19% que anticipa una mejora. La economía mundial ha mostrado resiliencia, pero esa resiliencia convive con riesgos crecientes asociados a tensiones geopolíticas, elevados niveles de endeudamiento y valoraciones financieras exigentes.
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El vínculo con el Perú es directo. Las correcciones globales, cuando ocurren, se transmiten a través de dos canales principales: los mercados reales y los mercados financieros, y ambos terminan afectando el principal soporte del ciclo peruano: los precios de exportación.
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En el frente real, el riesgo central es una desaceleración de la demanda global por materias primas. La fragmentación geoeconómica –restricciones comerciales, tensiones tecnológicas y reorganización de cadenas de suministro– introduce incertidumbre sobre el comercio mundial y, en particular, sobre el crecimiento de China, el principal consumidor de metales. El propio Foro Económico Mundial identifica la “confrontación geoeconómica” como el riesgo con mayor probabilidad de desencadenar una crisis global en el corto plazo. Un menor dinamismo industrial global se traduciría rápidamente en menores precios del cobre y, por tanto, en un deterioro de los términos de intercambio del Perú.
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En el frente financiero, el riesgo proviene del carácter cada vez más concentrado del ciclo global. El fuerte aumento en las valoraciones bursátiles ha estado liderado por un reducido grupo de empresas tecnológicas vinculadas a la inteligencia artificial, que hoy representan cerca del 35% del S&P 500. Al mismo tiempo, la inversión global en infraestructura asociada a esta tecnología podría superar los US$ 6 billones hacia el final de la década, con una creciente participación de financiamiento vía deuda. Una corrección significativa en estos activos no sería solo un ajuste financiero: reduciría la inversión, afectaría el consumo a través del efecto riqueza y podría desencadenar una desaceleración global.
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En ese escenario, el impacto sobre el Perú no vendría únicamente por el canal financiero, sino principalmente por la caída en la demanda global de commodities y el retroceso en los precios de exportación. Parte del reciente aumento en los precios de los metales ha estado asociado no solo a factores de demanda real, sino también a condiciones financieras internacionales favorables y a la mayor demanda por activos de refugio. Si esas condiciones cambian, la corrección podría ser rápida.
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Las implicancias serían significativas. En el frente fiscal, los ingresos públicos dependen en gran medida del ciclo de commodities, por lo que una caída en los precios de exportación ampliaría rápidamente el déficit. El cumplimiento de las reglas fiscales –ya tensionadas en los últimos años– descansa, en buena medida, en que el entorno externo continúe siendo favorable.
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En el frente financiero, un deterioro de los términos de intercambio presionaría el tipo de cambio y encarecería las condiciones de financiamiento, en un contexto global que ya enfrenta niveles elevados de deuda y posibles episodios de volatilidad. En el frente social, un crecimiento ralo implicaría una generación insuficiente de empleo formal y aumentaría el riesgo de estancamiento –o incluso reversión– en la reducción de la pobreza.
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Es importante ser muy conscientes que el soporte actual de la economía peruana descansa en términos de intercambio en máximos históricos y en condiciones financieras internacionales benignas. Este entorno explica, en buena medida, la confianza empresarial y la sorprendente indiferencia frente a los riesgos políticos asociados al actual proceso electoral. En otras palabras, el optimismo descansa más en el viento externo que en fortalezas propias.

Exministro de Economía.







