
¿Alguien más? La sala queda en silencio. Todos esperamos, tensos, la respuesta. Un discreto guiño, cae el martillo y explotan los aplausos. Se acaba de fijar un precio récord para una joven artista que trabaja con cerámica. Sentada entre los asistentes, junto a su familia, recibe emocionada las felicitaciones.
En el arte, un mercado intrínsecamente opaco, las subastas ofrecen un raro espacio de transparencia: los precios se fijan públicamente y permiten entrever sus dinámicas. Dos veces al año, el Museo de Arte de Lima (MALI) realiza subastas para recaudar fondos para su sostenimiento. La próxima edición, en octubre, celebra treinta años ininterrumpidos de esta iniciativa.

Como en el mercado bursátil, el mercado del arte funciona, en cierta medida, a través de mercados primarios y secundarios. En el primario, el comprador adquiere directamente del “emisor” –el artista, su representante o galería– una obra nueva. En el secundario, las obras se transan entre compradores y vendedores, y las subastas son una de sus principales plazas.
La subasta del MALI es el principal mercado secundario de arte del país. Su existencia contribuye a la formación de precios, reduce las asimetrías de información y aporta liquidez a un mercado de activos que, por naturaleza, es relativamente ilíquido. Cada transacción deja una huella: una cotización, una obra, un comprador, un momento. Y, acumuladas durante treinta años, esas transacciones podrían constituir algo mucho más valioso: una serie histórica capaz de ayudarnos a entender cómo se ha comportado el precio del arte peruano a lo largo del tiempo. El archivo de resultados de la subasta del MALI podría, algún día, convertirse en la base para construir nuestros propios índices históricos de precios del arte peruano. Una tarea pendiente.
Esta idea no me es ajena. Durante mi vida universitaria trabajé en Fernwood Art Investments, un start-up con operaciones en Nueva York y Boston que buscaba democratizar el acceso al mercado del arte mediante fondos de inversión diversificados por categorías. La tesis de inversión era sencilla: distintos segmentos del mercado del arte presentan perfiles de riesgo y potencial de apreciación comparables a los de diferentes sectores del mercado accionario. Los Old Masters, como Rembrandt, podían comportarse como blue-chip stocks: activos consolidados, de apreciación más lenta y estable; en las antípodas, los artistas jóvenes contemporáneos podían presentar un perfil de riesgo-retorno similar al de una minera junior.
Fernwood proponía fondos que adquirieran obras y diversificaran sus carteras, permitiendo a cada inversionista elegir aquel que, al ponderar su exposición a distintas obras y categorías, mejor se ajustara a su perfil de riesgo-retorno.
Para sustentar esta tesis, desarrollamos índices de precios a partir de los resultados históricos de las principales casas de subastas, rastreando las ventas sucesivas de una misma obra (repeat sales) para medir su apreciación a lo largo del tiempo. Así construimos índices capaces de medir el comportamiento de distintos segmentos del mercado del arte, que posteriormente fueron publicados en Bloomberg (*).
Pero una subasta de arte es mucho más que un mecanismo para dinamizar un mercado o descubrir el precio de una obra. En el caso del MALI, durante estos treinta años también ha sido una poderosa herramienta de educación y promoción. La subasta ha sabido señalar distintas expresiones artísticas –desde la fotografía hasta el arte textil, de arraigo milenario en nuestro país– y, al mismo tiempo, visibilizar a jóvenes artistas y movimientos como el arte amazónico, hoy reconocido internacionalmente.
El rol recaudador de la subasta es, a la vez, importantísimo para sostener el presupuesto operativo del MALI. Es insólito que el museo más importante de nuestro país no cuente con recursos significativos del Estado y dependa de esfuerzos privados para mantener las luces encendidas.
Y el Perú no es un país cualquiera. Los Andes Centrales son una de las seis regiones del mundo donde la civilización surgió de manera independiente, hace aproximadamente cinco mil años. Contamos con un patrimonio artístico y cultural de riqueza invaluable, y debemos sentirnos afortunados de haber heredado un legado que despierta admiración en el mundo.
Nuestra moral, tan golpeada por la precariedad de nuestras instituciones y por las carencias económicas de tantos hogares, también podría beneficiarse de reconocernos ricos en tantas otras cosas que, si bien no son urgentes, son importantes para salir a enfrentar cada día con la cabeza en alto. Veo con felicidad el orgullo que despierta nuestra gastronomía y pienso en cuánta alegría podría generar el conocimiento de nuestro patrimonio artístico, que tantos peruanos todavía ignoran.
Por eso, en mi opinión, los museos, y específicamente el MALI, son espacios vitales para el espíritu peruano: lugares donde podamos tener acceso a nuestros tesoros y que nos inspiren a reconocernos capaces de grandes cosas.
En otras palabras: visita escolar obligatoria.
Pero volvamos a la sala y a la joven artista cuya obra acaba de ser adquirida. El comprador había visitado recientemente el MALI y, en la sala 5, descubrió el nuevo Gabinete de Memorias. Allí se enamoró de los más de 800 objetos de cerámica precolombina que se exhiben en este espacio. Frente a la alfarería escultórica Moche, descubrió la riqueza de una tradición alfarera peruana milenaria. Ese flechazo despertó en él la decisión de que su colección celebraría, precisamente, esa tradición. Y encontró en la obra de esta joven artista el punto de partida perfecto para construirla.
(*): Para mayor información, ver el caso de Harvard Business School, “Fernwood Art Investments: Leading in an Imperfect Marketplace”.
Talía Durand Neuhaus es empresaria y presidenta del Comité de Subasta del MALI







