
Ana María Martínez, cofundadora de Kaudal. Normalmente en esta columna escribo sobre mi área de especialidad, sobre empoderamiento humano en la era de la inteligencia artificial (IA). Pero hoy no escribo como profesional, escribo como venezolana, y también como peruana. Hoy quiero usar este espacio para reflexionar sobre la tragedia que ha ocurrido en el país donde nací, y los aprendizajes que puede entregar para el Perú, el país donde emprendí y eché nuevas raíces.
Los dos terremotos que ocurrieron en Venezuela el pasado 24 de junio han sido una catástrofe sin precedentes. Ya van casi 3,000 fallecidos según cifras oficiales, pero todos sabemos que lamentablemente son muchos más. En los más de 200 edificios caídos, la ONU estima que hay más de 50,000 desaparecidos.Los sismos derrumbaron los edificios, pero lo que realmente multiplicó los daños y las víctimas fue una institucionalidad gubernamental que lleva décadas derrumbándose por dentro.
Ante la incapacidad del Estado de servir bien a sus ciudadanos, los venezolanos ya estamos acostumbrados a auto atendernos. Con frecuencia participamos en “crowdfundings” para cubrir los gastos médicos de un familiar o un amigo que tiene que operarse en Venezuela y su seguro local no le cubre lo necesario, porque ganando en bolívares es imposible pagar una operación que se cobra en dólares. Muchas veces las personas incluso han tenido que llevar sus propios insumos, como la anestesia o el hilo para suturar, porque la clínica o el hospital no cuentan con los recursos necesarios.
En el 2025 Venezuela destinó 3.5% de su presupuesto a salud según la Organización Transparencia, muy por debajo del 6% que la OMS recomienda. Y el último reporte de la Encuesta Nacional de Hospitales de la Organización Médicos por la Salud, indicó que la capacidad quirúrgica en Venezuela era un 40% de la necesaria. Un déficit del 60%.
Bajo esas condiciones llegan los terremotos y sacuden un país que no solo tiene déficit en la salud, sino en toda su institucionalidad. Por décadas el Gobierno no ha invertido en prevención de catástrofes o en mantenimiento de construcciones. Incluso ellos mismos han construido viviendas sociales sin los parámetros adecuados, las cuales se encuentran entre las derrumbadas por los sismos. Tampoco han equipado a los pocos paramédicos disponibles para ejercer labores de rescate, y han usado al Ejército Nacional como institución para intimidar, nunca para ayudar. De hecho, los militares apenas aparecieron en La Guaira, la zona más afectada, al tercer día, y no llegaron listos para rescatar, sino armados para “evitar caos”. Los vecinos los insultaron tanto como se lo merecían.
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Porque en las horas inmediatas a los sismos fueron los mismos vecinos de la Guaira los que tuvieron que improvisar para sacar a sus familiares de los edificios caídos. Usaron linternas de los celulares, tarros de pintura para quitar los escombros y picos y palas que la gente mandaba en moto desde Caracas. La ayuda humanitaria internacional empezó a llegar, pero también con tropiezos, pues no existe en Venezuela una institución estatal confiable que la distribuya adecuadamente. El Gobierno con su ineptitud de hecho prohibió por unos días el paso directo de los rescatistas a la zona de La Guaira al norte de Caracas, pidiendo que fueran antes al Poliedro, al sur de Caracas, para obtener una credencial. Una medida totalmente absurda ante la urgencia de sacar a las víctimas de los escombros, donde cada hora cuenta.
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Además, policías y militares obstaculizaron hospitales improvisados por la comunidad en locales como Mc Donalds e impidieron el paso a zonas portuarias afectadas donde periodistas como Casto Ocando, indican que el Gobierno esconde dólares y oro robados.
Tanto Venezuela como Perú llevan años lidiando con la falta de institucionalidad gubernamental, aunque de formas distintas. En Venezuela se perpetuó un sistema chavista que dejó de servir a su gente. En el Perú, han rotado presidentes y ministros, sin que casi ninguno alcance a gobernar. Y en ambos países la sociedad, cansada de lo mismo, se ha vuelto indiferente a la política, repitiendo frases como “en Venezuela aún se vive bien” o “la economía peruana ni se afecta”.
Pero la indiferencia termina costando caro. No tener buenas instituciones es como no tener un seguro para la sociedad. Se nota poco en el día a día, pero se necesita desesperadamente ante la catástrofe. Los venezolanos lo estamos aprendiendo de la forma más dura posible: bajo los escombros. Los peruanos todavía tenemos la oportunidad de aprenderlo sin pagar ese precio.
Los héroes de Venezuela hoy son los heridos que sobreviven, los vecinos que cavan con las manos y los rescatistas que llegan de afuera. Pero ningún país debería depender del heroísmo improvisado ante tal magnitud de catástrofe. Para reducir el daño ante sismos no solo se necesitan buenas construcciones y simulacros, sino sobre todo un buen sistema de gobierno, cohesionado y listo para responder, coordinando con distintas entidades locales e internacionales. Por eso solo espero que este nuevo Gobierno en Perú venga con esa intención, de unificar al país y darle la continuidad institucional que necesita para prosperar en las buenas y sobrevivir en las malas.







