
Hoy, con un sol se puede comprar tres o cuatro panes. Es algo tan cotidiano que casi ni siquiera lo pensamos. Pero imagine que mañana ese mismo sol ya no alcanza ni para uno. No porque el pan haya cambiado, sino porque el dinero perdió valor.
Cuando Roberto Sánchez habla de “revisar el funcionamiento del sistema” del Banco Central de Reserva (BCR), pese a decir que respeta su autonomía, deja un mensaje difuso. Y ese no es un detalle menor, impacta directamente en el bolsillo de todos.

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La ambigüedad sobre instituciones clave genera incertidumbre que se traslada a los mercados –bolsa de valores y dólar– y, tarde o temprano, a la vida diaria. Más aún cuando ese discurso es reforzado por su entorno político.
No se trata de defender a una persona ni de proteger nombres propios. Se trata de entender qué hace el Banco Central y por qué su autonomía es fundamental. Su función es preservar la estabilidad monetaria y mantener una inflación baja; en otras palabras, que el dinero conserve su valor en el tiempo.
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Cuando esa función se distorsiona, el impacto deja de ser abstracto. Se siente en lo básico: cuánto alcanza para comprar alimentos, pagar servicios o sostener el ahorro. La inflación no es solo una variable económica; es un impuesto silencioso que golpea más a quienes menos tienen.
Los ejemplos en la región son claros. En Argentina, con inflaciones superiores al 200% anual en años recientes, el dinero dejó de ser referencia: lo que hoy alcanza, mañana deja de alcanzar.
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En Bolivia, la caída de reservas presiona el tipo de cambio y genera mercados paralelos, donde el sol aparece como refugio.
Y en Venezuela, la intervención para financiar gasto público destruyó el valor de la moneda.
El contraste con el Perú es claro. Durante décadas, el BCR ha sido una institución técnica y creíble, capaz de sostener la estabilidad del sol. No es casualidad que, en zonas fronterizas, sea una referencia confiable.
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El foco del debate debería alejarse de los más de US$ 100,000 millones en reservas y centrarse en algo más relevante: políticas públicas responsables y sostenibles. Las recientes declaraciones ya han generado volatilidad. Podrán venir matices, pero el problema no es el ajuste del discurso, sino su consistencia.
También se dice que el Banco Central debe “ayudar más a los pobres”. El mejor aporte es preservar la estabilidad de la moneda. Cuando el dinero pierde valor, quienes más sufren son quienes viven del ingreso diario, ese 25% de pobres en el país.
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Porque al final, el debate no es sobre personas, sino sobre instituciones que no están para experimentar.
El valor de una moneda no se decreta. Se construye con años de disciplina. Y destruirlo puede tomar mucho menos tiempo del que costó lograrlo.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.








