
Los recientes accidentes en el servicio del Metropolitano han vuelto a poner en evidencia el deterioro de uno de los principales sistemas de transporte de Lima. Pero el problema trasciende a los buses articulados. Lo que hoy muestran los choques y las interrupciones es algo más profundo: la incapacidad de la capital para construir, después de décadas, un sistema integrado de transporte masivo acorde con una ciudad de más de 10 millones de habitantes.
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El Metropolitano entró en funcionamiento en el 2010 como símbolo de modernización urbana. Debía ofrecer velocidad, orden y previsibilidad en una ciudad dominada por la informalidad del transporte público. Sin embargo, dieciséis años después, el sistema sigue atrapado en una situación irreal: opera diariamente con cientos de miles de pasajeros, pero continúa técnicamente en etapa “preoperativa” debido a controversias. La propia ATU impulsa hoy una nueva adenda estructural para intentar resolver diferencias acumuladas durante años.

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La consecuencia de esa precariedad es visible. Parte importante de la flota ya superó su vida útil y cualquier incidente genera un efecto dominó sobre miles de pasajeros. Lima parece haber normalizado que su sistema de transporte funcione permanentemente bajo lógica de contingencia.
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Pero el problema no se limita al Metropolitano. La ciudad sostiene su movilidad sobre pocos pilares, todos sometidos a enorme presión. La Línea 1 del Metro transporta diariamente a cientos de miles de personas y se ha convertido en la verdadera columna vertebral ferroviaria. La Línea 2 avanza lentamente entre retrasos y cierres viales, mientras los corredores complementarios aún no terminan de consolidarse. Y no olvidemos el ataque desde distintos frentes, entre ellos, naturalmente, el Congreso, para sabotear cualquier atisbo de reforma del transporte en la capital.
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El resultado es una ciudad fragmentada. Los sistemas no terminan de conectarse entre sí y millones de limeños continúan dependiendo de largos transbordos, buses tradicionales y trayectos impredecibles en los que ponen su vida en riesgo. La expansión urbana avanzó mucho más rápido que la infraestructura necesaria para sostenerla.
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Ese quizá sea el principal fracaso de Lima en las últimas décadas. La capital creció hasta convertirse en una urbe sin haber construido una verdadera red metropolitana de movilidad. Mientras otras ciudades de tamaño comparable desarrollaron sistemas ferroviarios integrados y planificación de largo plazo, Lima acumuló proyectos inconclusos y muchos “parches”.
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Los accidentes recientes no deben interpretarse solo como fallas operativas. Son síntomas de un problema estructural. Una ciudad de más de 10 millones de habitantes no puede seguir dependiendo de sistemas saturados, pues el transporte es fundamental para la productividad y calidad de vida urbana.







