
Durante mucho tiempo idealizamos al CEO como el estratega que llega con todas las respuestas, toma decisiones rápidas y transforma una organización gracias a la fuerza de su visión. La realidad es distinta. Los mejores líderes no destacan por hablar primero, sino por escuchar mejor.
El liderazgo comienza mucho antes del nombramiento. Quienes llegan a la dirección general suelen compartir una cualidad poco común: la humildad para reconocer lo que aún les falta aprender. Buscan retroalimentación, se rodean de personas que los contradicen y trabajan deliberadamente en su propio desarrollo. No es casualidad que cerca del 70% de los CEOs encuestados por McKinsey reconociera que no se sentía completamente preparado cuando asumió el cargo.
Esa disposición para aprender resulta especialmente valiosa durante los primeros meses. En toda transición existe una oportunidad única: los colaboradores hablan con una honestidad que difícilmente se repite después. Escuchar antes de actuar permite descubrir problemas invisibles para cualquier tablero de control, construir confianza con el equipo y el directorio, y tomar decisiones con mejor información. Pero escuchar, por sí solo, no basta. Un CEO también debe convertirse en el principal narrador de la estrategia de la empresa.
LEA TAMBIÉN: El precio oculto de no priorizar al talento: consecuencias de ‘lo vemos después’

Las organizaciones no se movilizan únicamente por objetivos o indicadores; se movilizan cuando entienden hacia dónde van y por qué ese camino tiene sentido. Los líderes más efectivos convierten estrategias complejas en una historia sencilla, consistente y fácil de recordar. La repiten hasta que se convierte en una referencia compartida para colaboradores, clientes e inversionistas. La claridad es una ventaja competitiva.
LEA TAMBIÉN: La última oportunidad para crecer con productividad: lo que el Perú debe aprovechar
El riesgo aparece cuando llegan los primeros éxitos. El crecimiento suele generar confianza, pero también complacencia. Por eso, los mejores CEOs mantienen una disciplina permanente de aprendizaje. Cuestionan sus propias certezas, buscan ideas fuera de su industria y analizan su empresa como si fueran un competidor que recién llega al mercado. Esa capacidad de desafiar el statu quo es, muchas veces, la diferencia entre liderar una transformación o quedarse atrás.
Finalmente, el liderazgo también se mide por el legado. Ningún CEO permanece para siempre, y una transición mal preparada puede destruir un enorme valor para la organización. Formar nuevos líderes y dejar una empresa más fuerte que la que se recibió es una de las responsabilidades más importantes de la dirección general. En un entorno donde la tecnología acelera el cambio y la incertidumbre se ha vuelto permanente, la principal ventaja competitiva de un CEO no es tener todas las respuestas. Es la capacidad de escuchar antes de decidir, aprender más rápido que los demás y construir una visión que inspire a toda la organización a avanzar en la misma dirección.
Por: Alonso Razetto, Managing Partner de McKinsey & Company en Perú







