
Durante los últimos meses, el Perú ha seguido con atención cada comunicado del ENFEN. Es lógico: se trata del organismo oficial encargado de evaluar la evolución de El Niño y de orientar la respuesta nacional. Pero, desde la perspectiva de la gestión del riesgo, existe una pregunta mucho más importante que discutir la intensidad del fenómeno: ¿debería el país preparar sus decisiones únicamente sobre la base del escenario oficial?
La evolución de este año deja una lección que trasciende a El Niño. Mientras la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA), el Centro Europeo de Pronósticos Meteorológicos (ECMWF), el Met Office del Reino Unido y otros centros internacionales comenzaron hace varios meses a elevar progresivamente la intensidad esperada del fenómeno, el escenario oficial peruano continuó proyectando durante un tiempo un evento predominantemente débil o moderado. Solo cuando la evidencia oceanográfica y atmosférica fue prácticamente incuestionable, el ENFEN ajustó sus comunicados hasta proyectar un Niño Costero fuerte e incluso admitir la posibilidad de que alcance una magnitud extraordinaria hacia finales de este año.

No se trata de descalificar el trabajo del ENFEN. Como organismo oficial, su responsabilidad es actuar con prudencia y comunicar únicamente aquello que la evidencia respalda con suficiente confianza. Esa cautela es comprensible y necesaria desde la gestión pública. El problema aparece cuando esa misma prudencia se convierte en el único criterio para tomar decisiones económicas.
Las empresas no pueden esperar a que desaparezca la incertidumbre. Una agroexportadora decide hoy su próxima campaña; una minera programa mantenimientos y contratos con meses de anticipación; una empresa eléctrica revisa la seguridad de su infraestructura antes del inicio de las lluvias; una aseguradora calcula reservas mucho antes de que ocurran los siniestros. Ninguna puede darse el lujo de esperar el último comunicado para recién comenzar a prepararse.
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Aquí aparece una diferencia fundamental entre la ciencia y la gestión del riesgo. La ciencia busca identificar el escenario más probable. La gestión empresarial, en cambio, administra el escenario que puede generar las mayores pérdidas. Son enfoques distintos y ambos son correctos, pero responden a preguntas diferentes. El primero busca reducir la incertidumbre; el segundo busca proteger la continuidad del negocio.
Precisamente por eso, preparar un país únicamente para el escenario promedio puede convertirse en el error más costoso. Cuando el consenso internacional comenzó a inclinarse hacia un evento más intenso, el Perú todavía seguía discutiendo si el Niño sería débil o moderado. Ese tiempo, que desde el punto de vista científico fue necesario para consolidar la evidencia, desde la perspectiva económica representó semanas valiosas para ejecutar obras preventivas, revisar planes de continuidad, reforzar cadenas logísticas y asegurar infraestructura crítica.
Lima resume mejor que ninguna otra ciudad esa diferencia. La capital concentra cerca de la mitad de la actividad económica nacional y depende de unos pocos corredores logísticos para abastecerse. Un corte prolongado de la Carretera Central, la activación simultánea de varias quebradas, problemas en las plantas de tratamiento de agua o interrupciones en la distribución pueden producir pérdidas muy superiores al daño físico inicial. El verdadero riesgo no es la lluvia; es la paralización de la economía.
La misma lógica se repite en la agricultura. Los calendarios de siembra, el drenaje parcelario, el manejo sanitario y las inversiones se definen meses antes de que lleguen las precipitaciones. En la pesca ocurre algo similar: un océano más cálido modifica la distribución de la anchoveta mucho antes de que aparezcan inundaciones en tierra. En la sierra, un incremento de las lluvias aumenta la probabilidad de deslizamientos y aislamiento de comunidades; en la Amazonía, las crecidas afectan el transporte fluvial, el abastecimiento y la salud pública. En todos los casos, la principal ventaja del pronóstico no es decirnos qué ocurrirá, sino cuánto tiempo tenemos para prepararnos.
La principal enseñanza que deja este año no es que unos modelos hayan acertado antes que otros. Es que las decisiones más importantes no deberían esperar a que exista consenso absoluto. En gestión del riesgo, el tiempo también es un recurso, y perderlo puede resultar tan costoso como una mala decisión.
Existe un principio ampliamente aceptado en la administración de riesgos: no se gestiona el escenario más probable; se gestiona el escenario que puede comprometer la continuidad del negocio. Prepararse para un evento que finalmente resulta menos intenso puede significar una inversión adicional. Prepararse para un evento menor al que realmente ocurre puede costar miles de millones de dólares.
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Quizá esa sea la principal reflexión que deja la evolución de El Niño durante 2026. La ciencia seguirá actualizando sus escenarios conforme aparezca nueva evidencia, y eso es exactamente lo que debe hacer. Pero las empresas y el Estado no deberían confundir un escenario oficial con el único escenario posible. Porque, al final, el error más caro no es prepararse de más. El error más caro es prepararse para el escenario promedio cuando el escenario extremo sigue siendo perfectamente posible.
Patricio Valderrama-Murillo es experto en fenómenos naturales






