
Escribe: Carlo León, gerente de Renta Fija en Prima AFP
Hay situaciones que uno prefiere no enfrentar en pleno vuelo. Por ejemplo, que alguien proponga apagar el piloto automático “porque así se vuela mejor”. Suena audaz, incluso valiente, pero también profundamente imprudente. Lo más probable es que provoque justo lo contrario: desestabilizarlo todo.
En campaña electoral, algo similar vuelve a aparecer. Con abril acercándose, regresan las promesas de soluciones rápidas, incluyendo la tentación recurrente de intervenir el Banco Central. No hace falta ser técnico para entender el riesgo. La función del Banco Central es mantener la estabilidad cuando la economía se sacude; no convertirse en herramienta de campaña ni en válvula de escape emocional.
Por eso, cuando escuchamos nuevamente propuestas como “usar las reservas para reactivar”, “bajar las tasas ya” o “cambiar a quienes toman las decisiones”, estamos ante el equivalente económico de apagar el piloto automático para demostrar que uno tiene el control. Ese gesto, que puede sonar decidido, es exactamente el tipo de movimiento que genera turbulencia.
Lo vimos recientemente en Estados Unidos: Jerome Powell buscó aclarar la postura de la Reserva Federal, pero terminó transmitiendo la sensación de presión política. Bastó ese matiz para que analistas y mercados reaccionaran con sensibilidad. Si un comentario ambiguo provoca nerviosismo en la economía más grande del mundo, imaginemos su efecto en un país donde la confianza es más frágil y cualquier duda se amplifica rápidamente en precios, crédito e inversión.
Y lo más delicado es que, para causar daño, ni siquiera hace falta cambiar las reglas: basta con insinuarlo. Ante cualquier señal gris, los inversionistas esperan, los ahorristas se cubren y las familias que viven el día a día sienten el impacto primero. La confianza se construye lentamente, pero puede quebrarse en un segundo.
En campaña es válido debatir el rumbo del país —cómo crecer, generar empleo o mejorar servicios—, pero una cosa abismalmente diferente es tocar los instrumentos que hoy sostienen la estabilidad del país. Cuando el Banco Central se convierte en bandera electoral, la técnica cede y la emoción manda. Y en un contexto volátil como el actual, un impulso mal dicho puede terminar afectando a quienes menos pueden absorber el golpe.
¿Qué hacer cuando el clima se complica? Nada extraordinario: confiar en los instrumentos que funcionan, mantener reglas claras y evitar maniobras bruscas. El Banco Central no está para hacer piruetas; está para asegurar que el avión no se desvíe en medio de la tormenta.
Por eso, con elecciones tan cerca, conviene escuchar con calma. Las promesas fáciles suelen sonar bien, pero no siempre aterrizan. Algunas no buscan fortalecer los instrumentos del país, sino desactivarlos. Y ahí es donde debemos estar atentos. Porque, al final, la decisión es sencilla: ¿queremos un país que prometa volar más rápido o uno que llegue seguro al destino? La velocidad emociona; la estabilidad —esa sí— nos permite aterrizar.







