
Sancho Panza ve el molino de viento. Sabe que es un molino, no un gigante, y se lo dice a su señor –se lo grita– mientras don Quijote espolea el caballo hacia las aspas. Pero don Quijote no lo oye, y termina revolcado en el polvo. Cuatrocientos años después, la escena sigue siendo el mejor retrato que conozco de un problema muy actual: el del líder que tiene a alguien al lado diciéndole la verdad, y que ha dejado de ser capaz de escucharla. Lo trágico de Alonso Quijano no es que esté solo. Es que tiene un Sancho, y no le sirve de nada.
En junio de 1940, en el peor momento de la Segunda Guerra Mundial, Clementine le escribió una carta a su marido. No hablaba de estrategia militar ni de política. Le decía que su manera de tratar a los subordinados se estaba volviendo “áspera y arrogante”, y que la gente había dejado de decirle la verdad por miedo a su reacción. Le pedía que lo corrigiera antes de que fuera tarde. Firmó: “Tu devota y amorosa Clementine”. Churchill leyó la carta, la guardó, y cambió. El hombre que sostuvo a Europa en sus horas más oscuras tuvo la lucidez de escuchar a quien más lo amaba precisamente cuando menos quería hacerlo.
Pero no a todos les llega ese aviso a tiempo, y ahí está la trampa de la soledad del poder: cuanto más alto se llega, menos gente queda dispuesta a incomodarnos. Para eso hemos inventado buenos mecanismos: foros de pares, mentorías, coaching. Su fuerza está en la distancia –gente que no está enredada en tu mundo ni te debe nada, y que por eso puede mirarte con ojos limpios y decirte lo que ve–. Ese feedback sin ataduras es valiosísimo, y a menudo más franco que el de casa.
Pero hay una verdad que la distancia no alcanza: la que solo ve quien te conoce sin máscara. Clementine no le habló a Churchill desde la objetividad de un par; le habló desde dentro, con todo que perder, y por eso le dijo lo que nadie más podía. César tuvo esa voz en Labieno, su lugarteniente más leal, hasta que dejó de tenerla. No son la misma cosa, y un líder lúcido busca las dos.
Don Quijote tuvo a su Sancho y no lo escuchó. Churchill escuchó a Clementine, y por eso sigue en pie en la memoria. Entre esos dos extremos cabe casi todo lo que distingue a un buen líder de uno brillante y perdido, y ni un solo manual de gestión lo explica tan bien como una novela de hace cuatro siglos o una carta de hace ochenta años. Al final la pregunta se vuelve incómoda y personal: quién, hoy, se atrevería a escribirnos la carta de Clementine. Si la respuesta no aparece rápido, ya sabemos por dónde empezar.
Leonie Roca es directora de empresas







