
Escribe: José Martínez Sanguinetti, Global CIO & Founder of Sothys Capital
A lo largo de la historia, la ecuación del poder se ha basado en una variable constante: la asimetría de la información. Quienes ostentaban el mando no lo hacían meramente por la fuerza, sino por su capacidad exclusiva de explicar lo incomprensible. Mecanismos como jeroglíficos egipcios, quipus incas o el latín medieval no eran solo herramientas de comunicación; eran barreras diseñadas para reservar el conocimiento a una casta de intermediarios —sacerdotes o escribas— que mantenían al resto en la oscuridad.
En tiempos modernos, este elitismo refinó sus formas. El acceso al conocimiento experto se protegió tras nuevos muros: títulos universitarios exclusivos, gremios herméticos, certificaciones costosas y visas que restringen el flujo de talento. A estas barreras se sumó el código informático, el “nuevo latín”: un lenguaje técnico que otorgó a una pequeña élite el control total sobre la infraestructura digital, dejando a la mayoría fuera de la conversación.
El auge de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM) marca el fin de este monopolio múltiple. Al permitir que el lenguaje natural se convierta en la interfaz de comando, la IA actúa como el gran democratizador. Hoy, cualquiera puede redactar contratos, auditar códigos o analizar mercados sin credenciales tradicionales. Pero este derrumbe de barreras trae una paradoja económica: cuando la “respuesta correcta” se vuelve un commodity gratuito y abundante, su valor marginal tiende a cero.
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Aquí surge la nueva ventaja competitiva: el pensamiento crítico. No solo como habilidad intelectual, sino como necesidad técnica. Existe el fenómeno “Colapso del Modelo”: si una IA se entrena solo con datos generados por otras IA, el sistema se degrada, perdiendo coherencia y matiz. Los LLM tienen dependencia existencial de los humanos; se alimentan de nuestra fricción, historia y creatividad para mantenerse funcionales. Sin humanos inyectando “verdad fresca” y validando resultados, la IA entra en una entropía irreversible.

Por tanto, el pensamiento crítico es hoy la capacidad ejecutiva para auditar al algoritmo y servir como ancla de realidad del sistema. Debemos discernir entre la alucinación estadística y el hecho verificable, evitando un nuevo riesgo estructural: la propiedad de la verdad. Los modelos más potentes suelen ser sistemas “cerrados” de gigantes tecnológicos. Si aceptamos sus respuestas ciegamente, simplemente cambiamos el monopolio de los antiguos gremios por el oligopolio de Silicon Valley.
Afortunadamente, modelos “Open Source” —como LLaMA, Mistral o DeepSeek— permiten auditar el “cerebro” digital. El futuro no pertenece a la máquina que tiene todas las respuestas, pues nos necesita para evitar el colapso. El futuro pertenece a quienes poseen la agudeza para hacer la pregunta correcta y la independencia para no depender de un solo dueño de la verdad. Hemos pasado del imperio de la memoria al imperio de la curiosidad. Del imperio de los que saben al imperio de los que quieren saber.








