
El papa León XIV publicó su primera encíclica centrada en la “magnífica humanidad”. Con un enfoque antropológico, analiza con diáfana claridad lo que es la inteligencia artificial (IA). Comienza reflexionando sobre las necesidades humanas a lo largo de los tiempos, y sus respuestas alentadoras muestran que “el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (n. 15).
Al referirse a la IA, expresa: “No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana” (n. 99). Y destaca algo que hace cautivadora a la IA: “Tres aspectos, en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana” (n. 100). En concreto, señala algo que en el mundo de la empresa puede significar mucho: “La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad” (n. 100).
Los empresarios y directivos estamos acostumbrados a tomar decisiones y a apoyarnos en la información que recibimos; solemos preguntar: ¿de qué fuente sale esto? Y esa fuente nos da una determinada credibilidad. Ahora, nos podrán decir que proviene de la IA… y el riesgo es que nos quedemos satisfechos… como si fuera incuestionable. “La impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos” (n. 100). No podemos los directivos abdicar de nuestra tarea de decidir con criterio y prudencia. Lo advierte el papa con claridad: “Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas” (n. 103).
La nueva encíclica no es solo para un grupo de personas; y los riesgos del mal uso de la IA no son solo para empresarios y directivos, sino para todos… De una manera u otra, hoy en día todos la usamos y todos nos exponemos a ser dañados o podríamos –voluntaria o involuntariamente– dañar a otros. De ahí la importancia de contar con un documento que, sin duda, es una ayuda valiosa para actuar con responsabilidad.
José Ricardo Stok es profesor emérito del PAD.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







