
No fue una sorpresa, sino dos. Y no fueron menores. La inflación sorprendió dos meses seguidos y lo hizo con una magnitud poco común. El dato de marzo fue el más alto desde 1993, y no se trata solo de que los precios hayan subido, sino de que subieron bastante más de lo anticipado. El indicador de sorpresa inflacionaria lo muestra con claridad: el repunte reciente figura entre los más intensos de los últimos años y evoca episodios como los del 2022, cuando la inflación comenzó a desviarse de manera persistente de las proyecciones iniciales.
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Marzo tuvo una causa muy concreta: el corte en el ducto de Camisea dejó al país sin gas casi dos semanas. Al mismo tiempo, los conflictos en Medio Oriente empujaron el petróleo cerca de los cien dólares por barril. El impacto fue inmediato: combustibles más caros, transportistas con aumentos superiores al cuarenta por ciento en el diésel, y hogares que absorbieron el golpe antes de que apareciera cualquier cifra oficial. En abril el gas volvió, pero la energía siguió cara.

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El fenómeno no fue exclusivamente local. Chile, que venía controlando su inflación con relativa solidez, también registró una sorpresa reciente, aunque de escala claramente menor. Esa diferencia explica por qué la conversación se tensó aquí con mayor rapidez.
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El recuerdo del 2022 aparece de inmediato. Aquella vez, la inflación también empezó sorprendiendo. Pero la comparación tiene límites importantes: el shock actual tiene un origen energético y externo, en principio más acotado que un exceso de demanda generalizado. Eso no elimina el riesgo, pero condiciona la respuesta que corresponde.
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A este cuadro se suma el proceso electoral. Con inflación al alza y un escenario político aún abierto, el dólar subió, la bolsa corrigió y financiarse en soles se volvió más caro. No como castigo, sino como prima por incertidumbre (el costo extra que exigen los mercados cuando el futuro es menos predecible). La política monetaria entra así en una zona incómoda: si las sorpresas inflacionarias continúan, la presión sobre la tasa de referencia del Banco Central será difícil de ignorar.
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La pregunta relevante es si estamos ante un bache o ante el inicio de una nueva desviación. Si el componente energético cede y el ruido electoral no se traduce en un deterioro de los fundamentos económicos, la lectura cambia: el Perú volvería a ofrecer una oportunidad atractiva en tasas y tipo de cambio, con activos que ya incorporan buena parte del estrés y un sol que cotiza con prima de incertidumbre. La historia sugiere que episodios como este –shocks puntuales amplificados por ruido político– han sido, más veces que no, ventanas de entrada para el inversionista paciente. El Perú ya atravesó algo similar en el 2022, en el 2021 y en el 2016, y en cada caso el mercado terminó recompensando a quienes supieron distinguir el ruido de la tendencia real.
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Hoy el cuadro se parece más a un bache que al inicio de un quiebre estructural. Y esa distinción es la que separa una oportunidad de posicionamiento de una trampa de valor.
Carlo León es gerente de Renta Fija en Prima AFP.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







