
Por Joswilb Vega. La Reserva Federal de EE.UU. hace una pregunta simple cada año: si mañana hay un gasto de emergencia que realizar por US$ 400, una visita al médico, un repuesto del auto, la reparación o renovación de un electrodoméstico o alguna medicina, ¿podrían cubrirlo sin recurrir a nadie? En 2024, 37% de los adultos respondió que no, cifra estancada tras haber mejorado a 32% en 2021. Imaginen ese porcentaje en otros países como en Latinoamérica o Asia.
Sin embargo, ese mismo país gastó en promedio US$ 3,284 por habitante apostando en deportes el último año, según NerdWallet. Ocho veces el monto de la pregunta de la Fed. Incluso usando la mediana (para excluir a los grandes apostadores) el gasto fue de US$ 750, casi el doble de la cifra que uno de cada tres habitantes no tiene Los datos sugieren que el problema no siempre es únicamente la falta de ingresos; también influyen los incentivos emocionales como el atractivo de la incertidumbre y la experiencia del riesgo que guían nuestras decisiones financieras por encima de lo responsable y “aburrido” que es crear y hacer crecer una cuenta de ahorros.
¿Y en Perú? Con un mercado de apuestas y casinos proyectado en USD3,000 millones para el 2026 y 27.3 millones de peruanos mayores de edad, el gasto agregado per cápita ronda los US$ 110 al año, una fracción de la cifra estadounidense, pero con la misma tendencia, ya que en 2025 ese dato alcanzó USD92 (+20%).
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Este crecimiento no es un fenómeno aislado, sino parte de un negocio que se expande muy rápido. Las apuestas online en el mundo ya mueven más de US$ 100,000 millones al año y crecen entre 10% y 12% anual, muy por encima de la economía global. Sumando casinos, loterías y apuestas, físicas y online, el negocio del juego supera los US$ 655,000 millones en el mundo. Solo en EE.UU. se apostaron US$ 165,580 millones en casas de apuestas deportivas reguladas en 2025, dejando US$ 16,800 millones de ganancia para esas empresas y US$3,660 millones en impuestos para los estados. En Perú, la formalización avanzó igual de rápido: actualmente hay 120 licencias otorgadas a 60 operadores. El sector pagó PEN 374 millones en impuestos solo entre enero y mayo del 2026, y acumula PEN 4,287 millones al fisco desde 2006. Betano y Apuesta Total concentran la mitad del tráfico digital del país; y cinco marcas concentran cerca de tres cuartos de todos los accesos.
Ningún evento mueve la aguja como un Mundial. En Rusia 2018 y Catar 2022, el interés por apostar creció cerca de 2.6 veces frente a niveles previos al inicio de los partidos. Para el Mundial 2026 —el más largo de la historia, con 104 partidos en 39 días— se proyectó que las visitas mensuales a plataformas peruanas escalarían de un promedio de 84 millones a un pico que oscila entre 185 millones a 210 millones en julio, un salto de 120% a 150%. En la región se esperan entre 8 y 15 millones de nuevos usuarios de apuestas, casi el doble que en Catar 2022. En ese mismo universo aparece Polymarket, una plataforma donde las personas arriesgan dinero sobre eventos futuros, desde elecciones hasta resultados deportivos. Su crecimiento evidencia cómo la línea entre “apostar” e “informarse” se está volviendo borrosa.
Pero este mundo de las apuestas tiene un lado oscuro y medible. El Ministerio de Salud (Minsa) atendió 14,409 casos de ludopatía en 2025, frente a 11,000 en 2022 y 10,000 en 2021 —tendencia sostenida al alza, con 15% de los casos en adolescentes. En EE.UU., 45% de los apostadores deportivos admite no tener fondos de emergencia para tres a seis meses de gastos, 30% atribuye deudas al juego y una cuarta parte dejó de pagar una cuenta por apostar. El patrón se repite: quien más apuesta suele tener menos margen para absorber una pérdida. Es un comportamiento fácil de entender: la casa de apuestas ofrece una emoción y una recompensa inmediatas, y le da al apostador la sensación de que controla el resultado (“yo sé de fútbol o de política”), mientras que ahorrar es una decisión aburrida, sin premio visible al momento. El sistema financiero formal —una cuenta de ahorros, un fondo mutuo, un seguro— no compite en ese terreno emocional, aunque sea la opción más responsable.






