
Los peruanos vivimos una constante paradoja desde la época de los Mochica: somos el octavo país del mundo con mayor volumen de agua dulce, pero no necesariamente la tenemos dónde y cuándo la necesitamos. En el 2023, por ejemplo, las lluvias intensas asociadas al fenómeno de El Niño dejaron a más de 250,000 piuranos sin agua potable durante varias semanas porque afectaron la infraestructura de abastecimiento. Este escenario, lamentablemente, podría repetirse durante las siguientes semanas o meses en la costa norte.
Esta paradoja tiene un costo humano. Para una familia de clase media, o para una que aspira a serlo, contar con agua segura es clave. Según el último censo, todavía 5 millones de peruanos carecen de acceso a la red pública de agua potable. Abastecerse por otras vías cuesta mucho más: en Lima, los hogares sin conexión pagan siete veces más por litro de agua y consumen la mitad que los conectados, según la Sunass.
Progresar no solo significa ganar más, sino también disponer de más recursos para educar a los hijos, mejorar la vivienda, ahorrar o emprender. Cuando un hogar necesita comprar agua de un camión cisterna, una parte de ese progreso se pierde.
Igualmente, un restaurante, una lavandería, un taller o una pequeña fábrica que debe destinar dinero, espacio y horas de trabajo a asegurar su suministro de agua tiene menos recursos para invertir y crecer. A mayor escala sucede lo mismo con el agro, la industria y la minería. El Banco Mundial estima que las inundaciones, sequías, restricciones de suministro y deficiencias de agua y saneamiento le cuestan anualmente al Perú entre 1.3% y 3.5% del PBI.
Así, el agua no es solamente un asunto medioambiental o de infraestructura. Es una prioridad de política pública social y económica. Es una condición para elevar la productividad y sacar a más peruanos de la pobreza e impulsar el progreso de una clase media más sólida. Si queremos que más peruanos progresen, debemos hacer que el acceso oportuno a agua segura sea parte de los cimientos sobre los cuales construyan sus sueños y oportunidades.
Si bien una mala gestión del agua tiene costos, invertir bien en ella puede generar enormes beneficios. Romper esa paradoja exige sumar al Estado y al sector privado para que el agua deje de ser un obstáculo y se convierta en una plataforma para que las familias progresen, las empresas produzcan y el país crezca. ¿Qué priorizar?
Es clave concluir los megaproyectos de irrigación, como Chavimochic III (La Libertad) y Majes-Siguas II (Arequipa). Sus represas permitirán almacenar agua en épocas de abundancia y disponer de ella cuando escasee. Según el IPE, solo con estos dos proyectos se podrían incorporar 102 mil hectáreas para cultivo en el norte y el sur del país, una extensión equivalente al 40% de la superficie destinada hoy a la agroexportación. Esto también significaría más empleo, nuevas inversiones y mejores ingresos en una actividad que ha sido uno de los principales motores de desarrollo.
Asimismo, debemos impulsar la cartera de 16 proyectos de agua y saneamiento que Proinversión deberá concesionar en los próximos tres años bajo asociaciones público-privadas. Estas inversiones, por más de US$ 5,600 millones, beneficiarían a cinco millones de peruanos en 10 regiones. Entre ellas, Obras de Cabecera permitiría abastecer a 1.5 millones de habitantes de Lima. También urge reactivar las 441 obras públicas paralizadas de agua, alcantarillado, drenaje y represas por más de S/ 8,300 millones que reporta la Contraloría, principalmente concentradas en municipalidades.
Para los Mochica y los incas un canal en un andén era la clave para que el campo produjera sustento para cada familia y su comunidad perdurara. Hoy, nuestro desafío es mayor, pero el principio sigue siendo el mismo: debemos conectar lo que la naturaleza nos brinda con lo que las personas necesitan.
Al Perú no le falta agua. Le falta mejores sistemas, mayor inversión y capacidad de ejecución suficientes. Nuestra paradoja hídrica se resolverá cuando la abundancia se convierta en acceso, el acceso en certeza, y la certeza en oportunidad.
Carlos Tori es CEO de Interbank






