Los EMA Empresas Familiares, impulsados por PwC Perú, G de Gestión y la Asociación de Empresas Familiares, reconocen esas capacidades. (Foto: Cesar Bueno @GEC)
Los EMA Empresas Familiares, impulsados por PwC Perú, G de Gestión y la Asociación de Empresas Familiares, reconocen esas capacidades. (Foto: Cesar Bueno @GEC)

Hacer empresa en el Perú exige algo más que encontrar una oportunidad. Hay que reunir personas, sostener compromisos y tomar decisiones bajo incertidumbre. Ese esfuerzo tiene un valor para el país: de su capacidad para crecer dependen empleos, inversiones y oportunidades para otros.

El desafío aparece en un dato: el 69.3% del empleo en el país es informal, según el INEI. Necesitamos que más negocios puedan convertirse en organizaciones productivas y ofrecer empleo protegido. El esfuerzo individual inicia el camino; darle continuidad requiere capacidades que puedan compartirse y desarrollarse.

La visión transformadora y la resiliencia son parte de esa construcción. La inseguridad obliga a cuidar personas y operaciones. A ello se suma El Niño costero, que, según el ENFEN, se extendería hasta el otoño del 2027. Prepararse implica prever interrupciones y pensar cómo recuperar la actividad tras daños. Aprender de esas dificultades debería permitir revisar decisiones y reducir vulnerabilidades.

Esa mirada de futuro también exige transformar el talento. La inteligencia artificial abre posibilidades, pero su utilidad dependerá de cómo se incorpore al trabajo. Comprar herramientas sin revisar procesos ni preparar a las personas puede dejar intactos los problemas que se busca resolver. La inversión necesita acompañarse de aprendizaje y criterio para evaluar sus resultados.

Aquí el liderazgo cobra sentido: dar dirección y lograr que otros tengan capacidad para actuar. La unidad y el liderazgo con propósito se expresan en acuerdos, responsabilidades claras y espacio para resolver diferencias. En una empresa familiar, preparar una sucesión pone a prueba esas capacidades. El vínculo entre generaciones puede aportar continuidad, si permite incorporar ideas y desarrollar autoridad efectiva.

La integridad sostiene la confianza necesaria para avanzar juntos. En un entorno expuesto a la corrupción, importa tanto exigir una conducta correcta a las autoridades como examinar la propia. Cumplir compromisos, competir limpiamente y revisar qué conductas se premian en la empresa da consistencia a los valores declarados. La presión por resultados vuelve más relevante esa coherencia.

Estas cuatro dimensiones se refuerzan entre sí: el liderazgo necesita talento; la transformación, confianza; la resiliencia, una dirección. Deben acompañarse de seguridad, infraestructura y servicios públicos útiles. El esfuerzo empresarial no puede sustituir esas obligaciones del Estado.

Los EMA Empresas Familiares, impulsados por PwC Perú, G de Gestión y la Asociación de Empresas Familiares, reconocen esas capacidades. Felicitamos a los premiados. Sus experiencias, y otras que merecen conocerse, pueden ayudar a extender prácticas que el país necesita para crecer.

Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión.

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