
Escribe: Jorge Zapata Ríos, presidente de la Confiep
“Darkest Hour.” La recomendable película, ambientada en la segunda guerra mundial, gira en torno a la amenaza que acecha al Reino Unido, en momentos en que la Alemania Nazi ya había tomado gran parte de la Europa continental, y pretende ir por ellos. La trama se va desarrollando conforme se agudiza el desacuerdo entre los políticos británicos sobre la forma menos dramática de evitar la invasión. Muchos de ellos abogan por un acuerdo de paz y otros, pocos, por hacerle frente al Fascismo con el mayor esfuerzo y determinación posibles.
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En la historia de las naciones hay, en efecto, horas oscuras, pero también horas grises, y son estas últimas las que parecen haberse asentado sobre el devenir de nuestro país. Hace varios años que en esta castigada república habitamos bajo la espesa bruma donde no abundan referentes a admirar, ni triunfos que celebrar, y menos aún, heroísmo a destacar. Vivimos tiempos en que todo se ha tornado gris: la política ya no tiene brillo, la economía camina mediocremente, y las instituciones tutelares, con pocas excepciones, sucumben ante la decadencia. ¡Qué lejos se ven hoy los días en los que oíamos hablar del milagro peruano!

Lo paradójico es que, mientras el mundo viene siendo sacudido por personajes que, equivocados o no, lo están transformando en forma dramática, en nuestro entorno privado rige, como nunca, el imperio de lo políticamente correcto, y el reino del escamoteo hacia responsabilidades concretas: “Todo funciona mal, pero yo no me meto; quiero ver que las cosas cambien, pero yo no me ocupo; anhelo que todo mejore, pero yo no me comprometo”. Y así nos sumergimos con toda comodidad en las aguas del confort: “Que se ocupen otros, yo no quiero correr riesgos”. Y lo más triste acaso: “No nos pidan recursos, que no queremos meternos en política”, sin pensar que, finalmente, alguien tiene que hacerse cargo del país, y ese alguien puede ser el menos idóneo para asumir el encargo, y peor aún, financiado por economías ilegales.
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Y sí, es cierto, hemos fundado asociaciones que están haciendo cosas importantes; sin embargo, la pregunta que corresponde hacerse es: ¿hemos logrado con estas iniciativas acortar la distancia entre la intención y el resultado? Como líderes empresariales no queremos ver que nuestra capacidad para influir es infinitamente mayor a la que en la práctica ejercemos. Y si no queremos asumir que contamos con esa capacidad, no vamos a lograr que los cambios que el país requiere se produzcan, y menos que la amenaza antisistema quede desterrada.
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Todo lo que señalo puede sonar pesimista, pero no tiene –en lo absoluto– esa intención. Por el contrario, pretende ser un llamado de atención a peruanos de buena fe para que reaccionen y asuman su deber de lideres buscando un mayor protagonismo para cambiar este brumoso, y cada vez más patético, rumbo por el que se arrastra el país. No nos sorprendamos después, si estas horas grises se transforman en horas oscuras; y no esperemos que un Winston Churchill nos inspire pues nos hemos replegado tanto de las lides políticas que no vamos a encontrar siquiera la sombra de un cauto Neville Chamberlain.








