
En septiembre, el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años rondó el 5.3%, mientras que el bono a treinta años superó el 5.6%. Estos movimientos reflejan un cambio profundo en la economía estadounidense: el país está demandando más capital y, para atraerlo, debe ofrecer una mayor rentabilidad a los inversionistas.
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La inteligencia artificial es una de las razones detrás de este cambio. Su expansión requiere enormes inversiones en centros de datos, redes eléctricas, semiconductores y equipos. Las empresas están destinando recursos a esa infraestructura y compitiendo por financiamiento con otros sectores. Las ganancias de productividad pueden reducir costos en el futuro, pero la inversión necesaria para obtenerlas eleva hoy la demanda de capital.
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Asimismo, el déficit fiscal estadounidense refuerza esa presión. El Gobierno debe emitir deuda al mismo tiempo que las empresas aceleran sus planes de inversión. Cuando la demanda de fondos crece más rápido que el ahorro disponible, las tasas reales tienden a subir. En los plazos largos se suma, además, una prima por la incertidumbre fiscal y por el riesgo de que la inflación tarde más en ceder.
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La consecuencia es importante para la política monetaria. Una tasa de referencia de 4% puede ser restrictiva en un escenario y apenas neutral en otro. Para evaluarlo, debemos descontar la inflación esperada y comparar esa tasa real con la tasa neutral de la economía. Este último nivel no se observa directamente, pero puede haber aumentado junto con la inversión, el déficit y las expectativas de crecimiento.
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La pregunta es qué deberíamos esperar para el dólar en un contexto de tasas más altas por más tiempo. En general, esta moneda se beneficia cuando los activos estadounidenses ofrecen un mejor retorno real relativo. Además, si las expectativas de crecimiento y utilidades se concentran en Estados Unidos, los flujos internacionales podrían dirigirse hacia sus acciones y bonos corporativos. Al mismo tiempo, si otras economías pierden dinamismo, sus bancos centrales podrían aplicar una política monetaria menos restrictiva de lo que anticipan los mercados. Eso podría reducir el atractivo relativo de sus activos y favorecer al dólar.
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No obstante, el aumento de tasas puede tener un origen menos favorable. Si suben porque se deteriora la confianza en las cuentas fiscales estadounidenses, la mayor tasa podría venir acompañada de una moneda más débil. Estados Unidos mantiene ventajas importantes, pero también enfrenta déficits elevados y tensiones políticas que no desaparecerán por el buen desempeño de la inversión tecnológica.
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La lectura final es que este nuevo equilibrio ofrece respaldo al dólar mientras Estados Unidos atraiga capital por su capacidad de crecer y generar retornos reales. El límite estará en la confianza: si las tasas más altas responden principalmente a un deterioro de sus fundamentos, su significado para la moneda cambiará. Por eso, para anticipar al dólar, importa tanto cuánto suben las tasas como qué hay detrás de esa subida.
Javier Gamboa es Vicepresidente de Estrategia y Gestión de Portafolios de RIMAC.







