
Escribe: Alejandro Deustua, internacionalista
El presidente Donald Trump ha dispuesto que la fecha de imposición de “aranceles recíprocos” a sus socios sea reconocida como un “día de liberación”. Ello ha ocurrido en coincidencia con la intensificación de su afán territorialmente expansivo. Esa conducta imperial daña la economía global, agravia a vecinos y aliados y agrega fragmentación y conflicto al sistema internacional.
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Si la denominación de esa fecha es lamentable porque distorsiona el verdadero “día de la liberación” de los países europeos de la opresión nazi, contradice también el liderazgo norteamericano en el establecimiento del orden liberal económico y político de la posguerra.
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En efecto, Estados Unidos fue principal gestor y promotor multilateral del libre comercio reflejado en el GATT y la OMC. El imperfecto alejamiento colectivo de los diversos obstáculos al comercio resultó, entre 1950 y 2023, en un crecimiento de 4,400% del volumen de los intercambios y de 370 veces su valor (OMC). Y, entre 1990 y el 2000 las exportaciones de bienes norteamericanos crecieron sólo por debajo de China y Canadá (7% anual).
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Hoy el presidente Trump ha dispuesto la cancelación de ese “abuso” para volver a épocas de unilateralismo coercitivo e iniciar la sustitución de importaciones. De la imposición de 25% de aranceles a sus socios del TMEC (exNAFTA, que él negoció) pasó al gravamen de 25% a las importaciones de aluminio y acero. Y ahora empina el terreno mediante “aranceles recíprocos” tomando en cuenta no sólo niveles arancelarios sino políticas (origen, tipo de cambio) a los que seguirán aranceles sectoriales (autos, por ejemplo.). La retaliación a los primeros aranceles ya se organizó (Canadá, Unión Europea, China) y proseguirá conforme los interlocutores vayan reaccionando a los “recíprocos”. Éstos tendrán que escoger entre negociar reducciones bilaterales o retaliar.
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A la inseguridad creada (retroceso de mercados bursátiles, retraso de decisiones de inversión y gasto, impulso inflacionario y contracción económica en la primera potencia) se sumará una mayor conflictividad internacional.
La destrucción de la confianza con vecinos (Canadá y México) y aliados (de la OTAN y la Unión Europea) es clamorosa. Más aún cuando la pretensión de expansionismo territorial ha pasado de Canadá y el Canal de Panamá, a Dinamarca, responsable del territorio autónomo de Groenlandia y miembro de la OTAN. La absurda provocación del Sr. J.D. Vance (convencido injerensista, por ejemplo, en Alemania) al “visitar” la isla ártica para denunciar la ineficiencia danesa en provisión de seguridad a ese territorio ha sido rechazada por la población isleña y por el canciller danés. Éste, con sensatez, ha propuesto negociar una mayor presencia norteamericana en base a tratados existentes que lo permiten.
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Si el expansionismo norteamericano debilita más a la OTAN en medio de las negociaciones entre Trump y Putin sin otras grandes potencias, el balance no será estable. En un escenario de proteccionismo agresivo el nacionalismo y la beligerancia serán premiados.
