
Paola del Carpio Ponce, Coordinadora de investigación de Redes
“El agua es vida”. Es una frase tan repetida que hasta ha sido eslogan de campaña, pero no de esta. A pocas semanas de las elecciones generales, el agua no parece estar teniendo protagonismo. Un reciente informe de la Red de Estudios para el Desarrollo (Redes) y la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass) nos ayuda a mirar con datos este tema a partir del consumo de los hogares en Lima Metropolitana.
Lima es la segunda ciudad más poblada en el mundo asentada en un desierto. No cuenta con un río permanente: depende de ríos andinos, trasvases y acuíferos cada vez más presionados. Nuestra fragilidad hídrica es real.
Aun así, cada limeño consume, en promedio, 134 litros de agua cada día, cuando el estándar recomendado por la OMS es de 100. Dicho en términos más gráficos: cada persona usa 54 botellas de 2.5 litros cada día. Y no todos consumimos igual. En distritos como San Isidro y La Molina el consumo supera los 200 litros per cápita diarios; en Ventanilla, Puente Piedra o Mi Perú apenas se pasa el umbral recomendado.
El primer impulso podría ser señalar a unos como derrochadores y a otros como responsables. Pero el problema es más complejo. Todos los distritos superan el estándar sugerido. Quizás debamos preguntarnos si ese umbral es el adecuado para una ciudad desértica como la nuestra. Y, sobre todo, cómo reducimos consumo sin desconocer diferencias reales en necesidades y acceso.
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¿Y en qué usamos el agua? Casi el 60% del consumo se va en el baño, sobre todo en la ducha. Menos del 10% del agua se destina al consumo humano directo en los hogares. Los grandes diferenciadores entre distritos están en el uso de agua para riego de jardines y electrodomésticos como lavadoras. Si bien en promedio se destina el 10% del consumo de agua para riego dentro de los hogares, en San Isidro asciende a 22%. Aquí aparece una tensión incómoda. Queremos más áreas verdes -y las necesitamos-, pero las regamos con agua potable, escasa y costosa de tratar. Hoy no existen alternativas masivas para que los hogares rieguen con agua no potable. No apuntamos a “menos verde”, sino a mejor gestión.

Ahora bien, no todo el desafío está del lado del ciudadano. Del lado de la oferta también hay deudas pendientes. En Lima, la continuidad promedio del servicio es de 21.6 horas al día, y en 11 distritos no llega ni a 18. Es decir, hay caños, pero no siempre hay agua. En el 2025 se registraron casi 6,000 interrupciones del servicio. En distritos como Villa María del Triunfo o San Juan de Lurigancho hubo más de 100 cortes en el año, algunos con hasta 18 horas para resolverse. Por eso, no basta con medir cuánto consumimos; también debemos mirar a cuánta agua accedemos realmente y con qué calidad.
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¿Qué hacemos? Por el lado de la demanda, necesitamos ser más gráficos en formas de entender nuestro propio consumo y la búsqueda de maneras de adaptarlo. Así como nos fijamos en las etiquetas para ver la eficiencia energética de un electrodoméstico, deberíamos tener y buscar señales de la eficiencia del uso del agua. Se pueden también explorar alternativas para usos que no requieren agua potable en los hogares, pero esto requiere un diseño y gestión aparte al que tenemos hoy en día. Finalmente, se puede usar la tecnología disponible para alertas de consumos anómalos en tiempo real, antes de que el recibo llegue con sorpresas e identificar patrones para enviar recomendaciones diferenciadas a los hogares.
Por el lado de la oferta, necesitamos un Estado mucho mejor articulado, especialmente en esta materia que implica a tantos actores. Esto incluye a los gobiernos subnacionales que deberían generar una adecuada planificación urbana para una atención más ordenada de la demanda de servicios. También es necesario un mayor énfasis en mantenimiento y rehabilitación antes que en nuevas obras, enfocándonos en calidad de servicio y no solo acceso. De poco sirve un caño que no nos va a dar agua. Además, urge un mayor enfoque en tratamiento del agua y uso de tecnologías para evitar fugas y pérdidas de un recurso que nos es tan escaso.
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Si hay una buena noticia detrás de todo esto, es que los limeños hemos venido reduciendo nuestro consumo de agua desde el 2019, cuando el promedio de consumo diario per cápita superaba los 150 litros. Sin embargo, necesitamos un mayor sentido de urgencia en un contexto de cambio climático que pone a prueba nuestro estrés hídrico y pone en riesgo la calidad de vida de casi un tercio de la población peruana. Pocas cosas son tan determinantes para nuestra salud, nuestra economía y nuestro futuro.








