La frontera entre la audacia y la improvisación suele ser justamente esa claridad sobre el objetivo. Foto: Pixabay.
La frontera entre la audacia y la improvisación suele ser justamente esa claridad sobre el objetivo. Foto: Pixabay.

Por Leonie Roca, directora de empresas. En el año 333 a.C., frente al nudo gordiano, Alejandro Magno hizo lo que nadie antes. La leyenda prometía el dominio del mundo conocido a quien lograra desatar ese nudo imposible, y durante generaciones los hombres más hábiles lo habían intentado en vano, tirando de un cabo y de otro sin encontrar jamás el extremo. Alejandro lo miró un instante, sacó la espada y lo cortó de un tajo.

Valerio Massimo Manfredi lo cuenta en Las arenas de Amón, el segundo volumen de su trilogía sobre Alejandro, y deja claro que no fue un gesto de impaciencia ni de soberbia. Fue cálculo. El problema -cómo deshacer el nudo- nunca había sido el verdadero problema; era una regla que todos habían aceptado sin cuestionar. El objetivo de Alejandro, dominar el mundo conocido, seguía intacto. Lo que cambió, de un tajo, fue el camino para llegar a él: dejó de jugar el juego que le proponían y se inventó uno propio.

Esa distinción es el tema de este segundo artículo. En el primero hablamos de la máscara del mando: lo que el líder proyecta cuando todo se derrumba. Hoy hablamos de algo igual de incómodo: la capacidad de abandonar el plan cuando el plan deja de servir, sin abandonar por ello el objetivo.

Veinticuatro siglos después, la misma decisión se toma en cualquier directorio el día en que el mercado va más rápido que el plan. Reed Hastings fundó Netflix para enviar DVDs por correo, y durante años ese fue el negocio: un sobre rojo en el buzón. Cuando el streaming empezó a volver obsoleto ese modelo, Hastings no defendió lo que había construido con tanto esfuerzo; lo desmontó él mismo antes de que el mercado lo hiciera por él. Y cuando años más tarde licenciar las películas y series de otros estudios dejó de bastar -porque esos estudios empezaban a llevarse su contenido para competir-, dio un segundo salto y se puso a producir el suyo propio. Dos giros radicales en una sola década. En ambos, el método cambió por completo; el objetivo, ser la plataforma dominante de entretenimiento, no se movió un milímetro.

La frontera entre la audacia y la improvisación suele ser justamente esa claridad sobre el objetivo. Cuando falta, cambiar el plan se parece bastante al pánico; cuando está, se parece a la estrategia. Alejandro cortó el nudo y Hastings desarmó su propio negocio dos veces por la misma razón: ninguno de los dos confundió el método con la meta, y por eso pudieron soltar el primero sin sentir que traicionaban la segunda.Hoy se escribe mucho sobre propósito, pero en la práctica seguimos confundiéndolo con el método: tratamos el plan como si fuera el objetivo, y por eso abandonarlo se siente como rendirse.

Ahí está la trampa. Los líderes que la historia recuerda no confundían las dos cosas: cambiaban el plan tantas veces como hiciera falta, justamente porque tenían clarísimo lo que no era negociable.Alejandro no quería desatar el nudo. Quería dominar el mundo. La diferencia lo cambió todo.

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